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Sin borrones. Blog de Carmen Martínez Gimeno

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Cuestión de estilo.

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No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se dicen.

 Jean-Paul Sartre
Cuando la lectura no es una estratagema para evitar pensar, e incluso a menudo en ese caso, se necesitan pocas páginas de un libro para saber si el autor nos va a gustar por lo que cuenta y cómo lo cuenta; en definitiva, si nos atrae por su estilo literario, que no tiene nada que ver con el género —entendido tanto como literario cuanto como los atributos que la sociedad considera propios de hombres o mujeres—, por más que las estadísticas le atribuyan ciertas tendencias. En literatura no existe una explicación única y satisfactoria del estilo ni una guía infalible para conseguirlo. Y, sin embargo, todo escritor que se precie ha de aspirar a poseerlo. La RAE lo define en la cuarta acepción de su diccionario como la «manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador». ¿Pero en qué consiste esa peculiaridad? Cuando discutimos el estilo literario de Cervantes, no nos referimos al uso que hace de las oraciones de relativo, por poner un ejemplo, sino al sonido que crean sus palabras escritas, a la sensación que nos provocan al leer la información que transmiten. Por su modo de utilizar el lenguaje, Cervantes, al igual que el resto de los escritores, revela parte de su espíritu, su bagaje intelectual, sus hábitos y costumbres, sus facultades e inclinaciones. La escritura siempre es comunicación; la literaria es además revelación: el yo del escritor se refleja en su obra como en un espejo, queda al descubierto para siempre.
«En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor».  ¿Quién no conoce el principio del Quijote, un texto que ha perdurado siglo tras siglo desde su publicación en 1605? Prescindiendo de la extrañeza que puedan provocar palabras de instrumentos bélicos («lanza en astillero» o «adarga») que ya estaban en desuso en la época cervantina, el resto de la descripción del hidalgo campesino no puede ser más sencilla y eficaz. Ni siquiera abundan los adjetivos.  Si Cervantes no hubiera dominado la gramática, podría haber escrito lo siguiente: «En un lugar de La Mancha, que su nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía…». E incluso dominando la gramática, podría haber elegido: «No ha mucho tiempo que vivía en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, un hidalgo…». O también podría haber colocado los adjetivos delante de los nombres: «…antigua adarga, flaco rocín y galgo corredor». Las posibilidades son infinitas si además variamos algo el vocabulario conservando el mismo significado, pero ninguna mejorará lo escrito por Cervantes. Ninguna mejorará su estilo.
Cuando estamos aprendiendo a escribir, solemos suponer que el estilo es una especia que se añade a la prosa vulgar para darle más sabor, el ingrediente secreto que convertirá en delicioso un plato de lo contrario insípido. Pero el estilo no es un elemento separable, no se puede destilar ni se consigue mediante los instrumentos que erróneamente se suelen toman por él: manierismos, adornos superfluos, frases hechas, cultismos y demás. El estilo es intrínseco al modo de escribir de un autor, y solo se aíslan los elementos que lo conforman cuando para describirlo se analiza determinada obra.
No suele ser difícil reconocer por su estilo la escritura de un autor consagrado. Comprobémoslo con los comienzos de cuatro novelas, escritas en español, extraordinarias y muy divulgadas:
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles.
***
Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie.
Era la primera vez que viaja sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que se formaban entre las personas que estaban aguardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso.
***
Ayer vino Gertru. No la veía desde antes del verano. Salimos a dar un paseo. Me dijo que no creyera que porque ahora está tan contenta ya no se acuerda de mí; que estaba deseando poder tener un día para contarme cosas. Fuimos a la chopera del río paralela a la carretera de Madrid.
***
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
Sin embargo, no es tarea sencilla adquirir semejante dominio de las palabras, pasar de juntarlas a conferirles el mejor de los sentidos. Para la mayoría, la escritura es laboriosa y lenta, un proceso en el que la imaginación y la memoria confluyen y se mezclan. Y lo primero que se debe tener claro es el objetivo: definir lo que se quiere decir. La mente viaja más deprisa que los dedos sobre el teclado y, por tanto, escribir también consiste en aprender a retener lo que se nos va ocurriendo, ordenarlo sistemáticamente y expresarlo con precisión de acuerdo con un diseño preestablecido. Por complejo que sea un pensamiento, siempre ha de transmitirse con claridad para que sea comprendido por quien lo recibe.
Un estilo propio se logra con trabajo y exigencia. Lo primero y  fundamental es dominar la lengua para sacarle el mayor partido; después este decálogo, extraído del sentido común y la experiencia de escritores, correctores y críticos literarios, puede servir de guía:
1. No atraigas hacia ti la atención del lector. Mantente en segundo plano: lo importante es lo que escribes, su sentido y sustancia, no tu estado de ánimo o personalidad. Si quieres lograr estilo, comienza por no fingir que lo tienes con alardes innecesarios. A medida que vayas dominando el lenguaje, surgirá por sí mismo. El acto de  crear disciplina la mente, y la escritura es un modo de pensamiento, por lo cual al escribir no solo extraeremos lo que hay en ella, sino que también la recargamos de nuevas ideas.
2. Escribe de modo natural. Utiliza palabras y expresiones que conozcas, pero no des por sentado que bastarán y resultarán perfectas. Amplía tu vocabulario con lecturas y estudio.  El uso del lenguaje comienza desde la infancia con la imitación, que ha de continuar a lo largo de toda la vida. Fíjate cómo escriben los buenos autores e intenta imitarlos, superarlos, llegar más lejos. Pero no plagies. Aprender de los demás nunca es copiar. Pero tampoco nadie crea de la nada.
3. Escribe con sustantivos y verbos; no con adjetivos y adverbios. Ningún adjetivo mejorará un sustantivo mal elegido o colocado; no los sitúes siempre delante del sustantivo como si fueran epítetos ni utilices los que se esperan: blanca nieve; negro carbón, a no ser que por sus características especiales el texto lo exija. Por su parte, la sobreabundancia de adverbios, sobre todo los terminados en –mente, vuelve farragosa la lectura y denota escaso dominio de la lengua. Sin embargo, tanto adjetivos como adverbios, en su justa medida, son partes necesarias del discurso.
4. Evita ser redundante y grandilocuente. Algunas veces ciertas repeticiones tienen un uso literario y producen un efecto buscado por el autor. En el resto de los casos, al repasar el texto deben suprimirse. Sé claro en lo que expones; has de conseguir que se comprenda a la primera lectura. No exageres en tus apreciaciones ni emplees construcciones rebuscadas.
5. Prescinde de los juicios de valor y los argumentos ad hominem. El lector ha de sacar sus propias conclusiones de lo que escribes sin ser dirigidos de antemano ni engañados con falacias. Uno de los errores más comunes en los escritores principiantes es describir al milímetro los defectos y virtudes de sus personajes en lugar de conseguir que sea el lector quien los deduzca por su modo de actuar en la trama.
6. No expliques demasiado. Evita las largas descripciones y los diálogos tediosos. Rara vez es aconsejable contarlo todo: debe dejarse espacio a la imaginación del lector. En los diálogos, casi nunca es necesario añadir un adjetivo o adverbio a los verbos «de decir» de los incisos, puesto que la misma conversación expresa el estado de ánimo o la condición de quien habla. Los malos escritores caen en el error de sobrecargar sus diálogos con incisos innecesarios que hacen tediosa la lectura. A veces ni siquiera es necesario marcar con un inciso quién habla cuando en el texto resulta evidente.
7. Asegúrate de que el lector sabe de qué estás escribiendo. No tomes atajos y des por supuesta información que el lector desconoce. Si te refieres a algún hecho o acontecimiento, sea histórico o no, explícalo con claridad. No utilices siglas que no se conozcan y escribe el nombre propio completo la primera vez que aparezca en el texto. Las notas a pie de página o al final han de ser el último recurso porque distraen la atención del lector y le incomodan, a no ser que se trate de un texto académico, donde se consideran imprescindibles.
8. Evita las muletillas y los verbos comodín. Deben suprimirse todas las expresiones innecesarias que se reiteran a lo largo de un texto, salvo cuando las exija un uso literario determinado. Sin darnos cuenta, tendemos a repetir ciertas palabras comunes de nuestro vocabulario, como pueden ser muy, mucho, poco, demasiado, tanto, todo, bonito, así que, ya que, obvio, quiero decir, la cosa es que, o sea, ¿verdad?, bueno, es evidente; y emplear verbos con significado escaso por muy amplio, como tener, poder, ser, estar, hacer, dar, decir, hacer. Un modo de descubrir qué repetimos es utilizar la herramienta de busca del procesador de textos. Por norma general, un verbo comodín no se debe usar más de una vez en una misma oración ni cerca en un mismo párrafo.
9.  No abuses de las figuras retóricas. Las comparaciones y las metáforas, por ejemplo, son instrumentos comunes y útiles, pero si se repiten una detrás de otra distraen más que iluminan. No se puede pretender que quien nos lee vaya comparando una cosa con otra sin acabar aburrido ni que aprecie metáforas disparadas con ametralladora. El hipérbaton, la alteración del orden lógico de la oración, es también eficaz siempre que se mida su uso.
10. Repasa y reescribe. Elimina todo lo superfluo. Asegúrate de que los signos de puntuación mejoran la lectura y no la entorpecen, que están todos los que deben y no sobra ninguno. Comprueba las interjecciones y usa las adecuadas en español. Confirma que las palabras inventadas te siguen convenciendo. ¿Piensas que ya has terminado? Vuelve a leer, no una, sino varias veces.
El estilo, en su forma final, proviene más de aptitudes mentales que de principios de redacción, puesto que escribir es un acto de fe, y el escritor, un demiurgo capaz de construir mundos a su medida obrando el milagro de la literatura, no un mago que hace trucos espectaculares con la gramática. Quien escribe debe creer en la capacidad del lector para recibir y descodificar su mensaje, para apreciarlo en todas sus virtudes, pero su obligación primordial como escritor es complacerse a sí mismo, escribir para sí ante todo y no dejarse llevar por los vientos de las tendencias ni por lo que otros querrían de él.  Tampoco por las modas de los géneros: «No me etiquetes, léeme. Soy un escritor, no un género», aseveraba Carlos Fuentes.
Los que siguen son los comienzos de seis novelas o cuentos de escritores con estilos literarios propios. Al igual que en las cuatro citas anteriores, he suprimido adrede los nombres para evitar los sesgos de género y los encasillamientos:
Al oeste, el paisaje queda interrumpido por las cumbres nevadas de las Rocosas. Todo lo demás, hasta allí, es un tapiz de piedras,  polvo y matojos congelados, excepto por las escasas construcciones de BeoWawe, por la cruz que dibujan la carretera y la vía del tren, y por el aparcamiento del motel de paso, perdido en las afueras de este pueblo casi fantasma. Es uno de esos hospedajes que, a fuerza de verlos en las películas, nos resultan familiares.
***
Durante mi adolescencia estaba convencido de un aspecto de vital importancia que el resto de los mortales parecía ignorar deliberadamente: el físico y el nombre de pila determinan la felicidad de una persona. Y además van unidos. Nunca había conocido a ningún Gonzalo feo, ni a ningún Javier con granos, gordo o al que le oliera el aliento. Para los que nacimos en los setenta estaba claro: el nombre marcaba la persona.
***
La rosa de los vientos es un círculo que representa el horizonte, y que lo divide, como a una ruleta, en incertidumbres limitadas. Tiene treinta y dos rumbos, siempre delineados con delicadeza y precisión, rojos y negros. Cada uno abarca once grados y quince minutos terrestres,  y todos juntos acaparan lo que llamamos existencia.
***
«Seguía lloviendo afuera. Ligeras gotas de lluvia impregnadas del amargo sabor a ciudad lo empapaban todo con su apatía pegajosa y alquitranada. El sonido del agua al caer sobre las baldosas de la terraza se mezclaba con el murmullo urbano. Podían entenderse palabras, susurros en el aire a los que el calor y la humedad servían como medio de transmisión».
***
Al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto. Siempre nos preocupamos por educarle el sentido de la belleza. De Platón a Schopenhauer, le inculcamos que no hay que mirar para comprender, sino para ver, que no hay que preocuparse por el hecho, sino contemplar la esencia. Pero nuestros esfuerzos resultaban baldíos. El primer animal que trajo a casa fue una boa constrictor.
***
El día era apenas una raya dorada cuando doña Polon salió de su casa, al final del caserío, para dirigirse a la iglesia de la plaza. Iba deprisa, como siempre, con ese trotecito corto que le era tan propio. Sus pies descalzos no hacían ruido al chocar con la tierra apelmazada de la calle, pero sí se escuchaba el suave tintineo de las grandes llaves que llevaba envueltas en el rebozo.

¿Quiénes son los autores de estos seis últimos textos y a qué obras pertenecen? Como todos son contemporáneos y están muy cerca, espero que ellos mismos se presenten, si así lo quieren. Por lo que respecta a los comienzos de las cuatro novelas citadas en primer lugar, corresponden, por orden de aparición, a La Regenta (1884-1885) de Leopoldo Alas Clarín; Nada (1944) de Carmen Laforet; Entre visillos (1957) de Carmen Martín Gaite; y Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

07 May 2014 16 comments
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